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...para decirte, my boy, my golden boy, que también te ha llegado a ti por fin la hora de mover las piezas... ~ Savater

Apuntes de una autobiografía incierta

Archivado en Ficciones • Fecha: 02-12-2006 14:26:01

Mirando el presente desde el futuro

Fueron tiempos inciertos. Casi todo estaba empezando pero muchas cosas estaban terminando, y de alguna manera yo sabía que ya nunca sería igual.

Todas las mañanas pisaba el frío de las calles a las 7:37 y caminaba hacia el punto donde me recogía el autobús de empresa. Siempre veía a los mismos sonámbulos que sincronizaban el inicio del día conmigo y a unos cuantos niños entrando al colegio antes que sus compañeros, castigados a madrugar más por las obligaciones laborales de sus papis. Al poco llegaba a la puerta del African Queen, el puticlub más resplandeciente de mi barrio, famoso por su derroche lumínico, producto de una decoración navideña que algún día alguien decidió dejar todo el año. Allí nos reuníamos las cuatro o cinco personas habituales y esperábamos el autobús. Los lunes aguardábamos en silencio, con el pasar de la semana nos íbamos intercambiando alguna obviedad y el viernes nos homenajeábamos mutuamente con una de esas conversaciones triviales que tanta compañía hacen. Cuando llegaba el autobús todos buscábamos con una mirada urgente la identidad del conductor, y si resultaba ser la de Carlitos se nos ponía por dentro una alegría tontorrona. Carlitos llevaba unos 50 años de jovialidad impagable a esas horas de la mañana y la costumbre feliz de poner música bailable a todo trapo; tenía su gracia eso de entrar por la valla de la fábrica a ritmo de reggeaton o bakalao.

Era de los primeros en llegar a mi puesto de trabajo. Antes fichaba en el control de presencia y rodeaba la planta con calma. Al llegar al muelle sentía el olor dulzón de los sobres para el resfriado, y la sensación olfativa era una señal hogareña, una referencia sutil a la rutina gustosa. Avanzaba por pasillos desiertos que más tarde se llenarían de mercancías y máquinas y personas voceando y máquinas pitando y algún que otro gorrión demasiado osado que una vez allí no sabía como salir y se golpeaba violentamente contra las paredes y el techo.

Abría la puerta del almacén de repuestos. Encendía la luz. Allí estaba mi sitio, apartado del meollo y de la acción de la planta pero tranquilo y personal, casi íntimo. No en vano tenía el extraño privilegio de ser el único ingeniero de mi departamento cuyo puesto de trabajo disfrutaba de la luz natural del sol. Pero este privilegio era, como casi todo en ese momento, provisional...

Escrito por Pedro Daniel
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