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...para decirte, my boy, my golden boy, que también te ha llegado a ti por fin la hora de mover las piezas... ~ Savater

Lluvia fina

Archivado en Egocentrismos • Fecha: 16-11-2006 21:51:08

Hoy ha llovido como aquel día, como esa lluvia fina que tanto apetecía después de tantos días de sol castellano a plomo. Recuerdo que me paré en mitad de un bosque nebuloso con el corazón inquieto por el esfuerzo y que Ángel lo hizo justo después. David apareció en unos segundos y los tres juntos esperamos un poco más hasta ver aparecer la bici de Félix entre la niebla. ¿Ya se ha acabado? ¿Seguro? Estábamos en el punto más alto de nuestra etapa, el día en que tocaba cruzar la Cordillera Cantábrica, era temprano y ya habíamos hecho lo más difícil, que había resultado sorprendentemente fácil. Mientras me ponía el chaleco reflectante apareció un autocar... paró... ¡y se subió una persona! Joooder. Estábamos en lo alto de uno de los pocos pasos de montaña que conectan Asturias con la meseta, hacía unos kilómetros que no veíamos a nadie (la última fue una vieja con las vacas, 100% anuncio de fabada Litoral) y de repente viene un autobús y aparece un tío. Bufff.

Iniciamos el descenso, uno de los más divertidos de nuestras vidas. El plan era que Ángel con su luz roja y yo con mi chaleco nos quedáramos por detrás para ser más visibles a los posibles coche que pudieran adelantarnos. Pero se quedó en eso, en plan. Desde el inicio Félix se dedicó a bajar mirando el paisaje y Ángel y David a bajar a tumba abierta. Yo me aburría con Félix así que le dejé atrás. El descenso era bastante pronunciado y de una belleza desconocida. Al poco de pasar la Fuente del Infierno (donde nace el río Sella, cuyo cauce recorrimos todo el día hasta su desembocadura) distinguí entre la niebla a los kamikazes. Iba con todo metido (plato grande, piñón pequeño) y en cuanto la carretera se hacía llana o picaba para arriba me levantaba y pedaleaba con fuerza. Me costaba seguirles. Les veía adelantarse el uno al otro, la luz roja de la bici de Ángel parpadeando entre la niebla, trazar las curvas cada uno de una forma, pasar al otro al apurar la frenada como en las carreras de motos... Estábamos volando hacia el mar a 65 km/h por una carretera mojada y nos lo estábamos pasando en grande.

Pasados unos minutos decidí aflojar, disfrutar del momento, observar aquel paisaje frondoso, húmedo, exótico después de tantos días de estepa castellana. Montañas, roca, ríos, arroyos, verde, verde, verde, algún coche de vez en cuando, pequeños pueblos de diez casas con trazas de aldea hobbit. Paramos para comer algo y proteger las alforjas con plásticos.

Recuerdo que al estar parado me adelantó un autocar, que luego le alcancé y que ante la evidencia de que las bicis corrían más que el bus en aquella carretera serpenteante se paró y me dejó pasar. Y entonces empezó a llover, no sé muy bien como fue, en algún momento la niebla se convirtió en lluvia, en una lluvia tan fina que casi parecía niebla, las gafas se me empañaban y me las quité y me pegó de golpe en los ojos toda la humedad del Cantábrico. Llovía como hoy. Lo he pensado en cuanto he visto las finas gotas. Qué gran día. Unas horas después estábamos en el mar, satisfechos y mojados pero de agua salada en vez de lluvia...

Escrito por Pedro Daniel
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